Features/Reportajes
El libro huérfano
Arroz Negro Concurso - Falacia Patética

Llego al edificio fumando el último calo del cigarrillo, inhalándolo profundo mientras el frío me curte el cuero. Ya bajo el portal arrojo la colilla lo más lejos posible. No quisiera que el viento la vuele sobre mi cuerpo de papel y provoque un suicidio indeseado. Es un hábito horrible el fumar, decía papá durante los ocho meses que duró mi parto, pero si no te mata eso, seguro que otra cosa será. Y cuánta razón tenía. Aquí parado frente al geriátrico entiendo que la muerte que nos imaginamos es en realidad tan solo una especie de oscuro anhelo; la verdadera, en cambio, puede vestir un atuendo tal vez tan negro como el que sospechamos, pero con bordados inconcebibles. A veces pienso –con suficiente culpa- que hubiera sido mejor que papá muriera con sus pulmones chamuscados pero conservando, hasta su último respiro, toda esa creatividad cargada de sentido y sombra que nunca dejó de exprimir. Aquella sin la cual hoy no estaría yo aquí.

 

Mirando el portal me doy cuenta que olvidé el código de entrada. Me maldigo por ser tan olvidadizo. Sin embargo es algo que nos sucede a nosotros los libros. Solo recordamos con claridad y sin esfuerzo aquello que llevamos escrito en el cuerpo; el resto de la información nos es tan frágil como a los humanos. Me lanzo a adivinar la combinación apretando compilaciones de números y letras pero es inútil, se me mezclan fechas y antiguos códigos de otras puertas. Que ironía amarga no recordar el código que abre la puerta a un sitio donde sus inquilinos han perdido la memoria.

 

Respiro hondo, me desabrocho
el cinturón que comprimía mis hojas
y lo llamo por su nombre.


Al pasar por la cocina entro un instante a saludar a mi amiga la tostadora. Me asomo y veo que duerme desenchufada. Nos hicimos buenos amigos conversando durante las noches que pasé aquí durante los primeros meses. Siempre me ha resultado alguien asombrosamente positiva y alegre; tal vez por eso buscaba su compañía aquellas primeras noches. Llegó aquí hace unos cuantos años gracias a una enfermera que la encontró en la calle. Según me comentó una noche, su dueño la había cambiado por un modelo más moderno. Hay que ser una tostadora abandonada en la basura para apreciar el gesto de aquella enfermera. Supongo que por eso mi amiga es tan feliz en este lugar.

 

Finalmente llego a la habitación número 14 de la planta baja. Golpeo la puerta antes de abrirla suponiendo que el sonido, llegándole desde tan bajo, le revelará quién lo ha venido a visitar. Abro y lo veo sentado en su silla junto a la ventana. Respiro hondo, me desabrocho el cinturón que comprimía mis hojas y lo llamo por su nombre. No, no se gira, y tampoco parece percatarse que alguien ha entrado.

 

Se aprende a asimilar las estampas que el paso del tiempo va sellando en nuestros seres queridos, esas que los transforma en existencias cada día más pequeñas e inmaculadas; no obstante, créanme que es una puñalada ver la mirada de quien te amó y crió, esquivarte como si fueras un cristal; o peor aún reconocerte como un raro objeto que nunca solicitó. En esa ausencia de vida me irrumpen como una contrafuerza los recuerdos más enérgicos de papá. Veo sus manos escribiéndome mientras va tomando forma la espina dorsal de mi personalidad, llenando cada una de mis casi trescientas hojas con ese mundo que solo él veía con tanta claridad e ímpetu.

 

Se requiere de nervio para no sucumbir frente a un fantasma, y mamá parece no tenerlo. No la culpo. Decidió dejar de venir a visitarlo justificando que la persona que vive allí no es la misma que conoció a lo largo de sesenta años. La demencia que se apoderó del hombre que yo ahora veo sentado junto a la ventana también se ha robado todas sus cualidades.

 

Le acomodo una bufanda alrededor del cuello y abro la ventana para que el aire frío de la tarde ventile el cuarto. Ya me han regañado por hacer esto, pero supongo que las enfermeras son insensibles al aire que se respira en estos cuartos y yo no aprendo a soportarlo.

 

Cierro la ventana mientras le pregunto a papá si quiere un chocolate. Solo se oye mi voz en el cuarto. Del armario saco la caja de bombones que traje en la última visita y noto al abrirla que faltan más de los que recuerdo haber dejado. Elijo uno con relleno de dulce de leche y se lo llevo a la boca. Papá tensa los labios obligándome a empujar el bombón hasta que finalmente perciben el sabor dulce y entonces ceden. El relleno espeso parece pegársele entre los dientes y veo que lentamente alza la mano derecha e intenta quitárselo con los dedos. Mientras remueve el caramelo de los dientes se gira y me sonríe como un niño que busca complicidad. He aprendido a valorar esos instantes de felicidad tan fugaces pero visiblemente reconocibles, siento que son chispazos de felicidad en una vida enflaquecida y de la cual supongo que también él es consciente.

 

Leí hace unos meses que la lectura u otras actividades cognitivamente estimulantes ayudan a mantener los niveles de una proteína vinculada con el mal de Alzheimer. Es por eso que en cada visita procuro leerle algún libro. Hoy, sin embargo, elijo leerme a mí, su sonrisa de hace instantes me llenó de necesidad de que me reconozca. Me acomodo sobre el pequeño estante que hay bajo la ventana y, abriéndome, en la decima página comienzo a recitar en voz alta:

 

No quisiera, créanme, sentir el nervio que empuja para que aparezcan estas palabras. Pero a veces ellas son un amparo, o el grito cohibido en la noche. El silencio que las viste jamás comulga con el ruido que las empuja o la necesidad que las libera para atesorarlas en un papel. Me pregunto qué es la decisión. ¿Una ventana respirando?, ¿una vela amarilla tiritando?, ¿un vaso despertándose?, ¿alguien? Cuando la mirada se marcha con el humo que brota por la boca, las manos arriman el hombro a esa alma inquieta. Siempre dispuestas a satisfacer la necesidad; si el coraje lo permite. Las palabras que nacen traen alivio, y son las manos las que salen al socorro del escritor, recordándole que ellas existen, aun, siempre, afortunadamente. Son un guiño de ojo. Quien escribe siempre lo hará desde su soledad, sus palabras podrán evocar multitudes, pero siempre serán articuladas por las manos de un hombre en silencio.

 

Cuando parpadeo y pienso en el vientre que las gesta, no deja de resultarme curioso que nunca viene el recuerdo del nervio que las empujó. No llegan más que los colores que repasan, las sombras que conciben, los sentimientos que encharcan. Escribir no es solo una forma de vivir, sino también de revivir.

 

Continúo leyendo unos minutos más pero el sueño me vence. Al despertar me cuesta entender dónde estoy. Me giro y veo un vaso con agua sobre la mesa. El paisaje ya casi oscuro del parque a través de la ventana me devuelve a la realidad. Papá sigue sentado en el mismo sitio, pero ahora me mira fijamente, a mí. Lo veo y creo leer palabras en sus ojos acuosos. Hola, me dice con una voz áspera que desentona con la mueca suave que la verbaliza. Hola, respondo tomándole la mano. 1… 2… 3… 4… se inclina hacia atrás en su silla y noto su mano relajarse mientras vuelve a su postura lejana.

 

Mi papá, el escritor Sebastián Salvador, murió unas semanas más tarde. Cuando lo leí en el periódico no sentí tristeza, sino soledad. La muerte de tu creador te deja como único lazo.

 

Aquel noviembre llovió casi a diario, lo cual me obligó a quedarme en casa durante días enteros por el miedo latente a perder mi propia memoria.

El libro huérfano
Arroz Negro es un concurso para equipos creativos de 1 ilustrador/a y 1 escritor/a. Los equipos tenían 10 días para dibujar y escribir. El público votó por su equipo favorito en bcnmes.com/ arroz-negro durante 4 días. De los 20 finalistas, bCN MES eligió los 8 equipos ganadores. ¡Felicitats y muchas gracias por participar!
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